Manuel Cejas Gutiérrez, fue un apóstol tan irónico y jocundo como voluminosa su humanidad. Se le conoció como "El Gordo de la Fonda", y tuvo una mano y un paladar fuera de lo común para los guisos. Improvisaba trovos y cuarteleras, algunos plenos de sarcasmo y humor negro, como el que recitó en el lecho de muerto, poco antes de fallecer
Oigo el crujir del arca |
y el rascar del cepillo |
Los zapatos están pintaos. |
¡Vaya chapú, Manoliyo |
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A los inefables hermanos Manuel Cejas Gutiérrez, El Gordo de la Fonda" y Francisco Carmona "Paco El Lindo", les contrataron para participar en Madrid en el rodaje de una película en el año 1.936, un proyecto que se frustró por la Guerra Civil que estalló a los pocos días de realizar el viaje a la Capital de España. Pues bien, los dos se encaminaron a los madriles acompañados por Asunción Carmona, esposa inseparable de Paco, los cuales formaban un matrimonio ejemplar y simpatiquísimo. Al llegar a la estación de Atocha, decidieron tomar un taxi, uno de aquellos vehículos construidos de madera ensamblada y forrados exteriormente de una ligera chapa. Fueron entrando los tres al asiento trasero por este orden: Manuel, 134 kilos, Paco 118 y Asunción 104. Al apoyar la espalda en el asiento los viajeros para acomodarse, se oyó un tremendo chasquido, mientras el vehículo se desencolaba justamente por la mitad, abriéndose una gran brecha desde el escribo hasta el techo. El taxista, desencajado se apeó y con los ojos fuera de las orbitas, no acertaba a explicarse lo que estaba viendo, exclamando lleno de asombro: "¡Pero esto que es!¡Pero esto qué es!." Manuel, con la flema que le caracterizaba, viendo el conductor al borde de la histeria, salió al paso diciendo: "Esto no es ná. Asunción coja usted por la grieta pa que no se abra más, que yo sujetaré por éste lao -- y con un gesto imperioso, ordenó------¡Pa arguelles!". El taxista, todavía conmocionado, tomó el volante sin replicar, y con infinitas precauciones los llevó a su destino. Al apearse los viajeros le recomendaron que se esperase diez minutos o un cuarto de hora a lo sumo, pues era una gestión breve, ya que tendría que trasladarse a otro punto de la ciudad. Al regresar Manuel, Paco y Asunción, se encontraron el sitio, pues el taxi, nada más perderlos de vista, saltó pitando camino del taller más próximo, no sin antes haber hecho acopio de su tila su despavorido conductor.
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Poco después de la Guerra Civil. Los Apóstoles tenían ya su cuartel propio, en su actual residencia, tras muchos años de domicilio provisional e itinerante, como todas las demás corporaciones. El actual hermano decano, José Gómez Reina que ingresó siendo muy joven en el año 1.952, cuenta que, cuando le admitieron, una de las condiciones indispensables que se exigía a cada nuevo hermano era, llevar su silla y sus zapatillas . Ello da idea de la precariedad de medios que existía en este tiempo en las entidades semananteras, lo que por otra parte, era el signo de los tiempos.
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El hermano Manuel Reina Almeda, que tenía bien ganada fama de casanova, se compró en la década de los cincuenta una moto Guzzi-Hispania, uno de aquellos pintorescos artefactos de color rojo, con muelles bajo el manillar y palanca de cambios en el depósito, que hoy son preciosas piezas de museo. Eran los tiempos en que diariamente se abría el cuartel, y como quiera que uno de los hermanos más veteranos. Bernardino Solano Pérez, al echarlo de menos después de varios días de ausencia, preguntara por él, otro le contestó: "Está por ahí, con la Guzzi". Bernardino, curioso y discreto, le preguntó al oído: "¿Esa que es, una hembrilla nueva?".
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Durante muchos años, hubo un dicho popular que aseguraba que en Los Apóstoles, no se ponían nunca las sartenes mohosas. . Venía a decir que el cuartel se abría diariamente y que se formaban tertulias o reuniones en las q2ue se hablaba, se alternaba e incluso se echaban en ocasiones unas manos a la ronda. Era los tiempos del chubesqui en invierno y de los veladores en la puerta en verano. Hoy se puede alegar que entonces no había televisión, ni demasiadas distracciones, pero también existían peñas y casinos donde poder departir. Sin duda, esta costumbre demostraba una verdadera convivencia en la Corporación y una auténtica amistad entre los hermanos.
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