Siempre me había llamado la
atención las figuras de Los Apóstoles, austeras, sencillas, sin encajes
ni ornamentos sobresalientes, tal como ellos debieron ser. Pero la
sensación que me produjo cuando por primera vez me encontré frente a sus
ropajes, preparados y listos para ser vestidos aquella mañana de Viernes
Santo de 1.990, fue algo indescriptible para mi. En ese momento parecían
personajes inalcanzables, los había visto muchas veces desfilando en las
calles, rectos, acompasados, inmutables detrás del Maestro, y ahora los
tenía tan cerca, tan cerca que parecían estar mucho más lejos que
tantas otras veces.
Estaba
dispuesto a representar nada mas que a uno de los seguidores y discípulos
de nuestro Terrible, y me embargaba la gran contrariedad de saber si iba a
poder con esta carga. Pero esto duró solo un instante, el que transcurrió
entre dejar a un lado "los vaqueros" y enfundarme los ropajes
del apóstol
Una vez hecho esto, yo, ya no
era yo, mis vivencias, mágicamente y sin comprenderlo aún totalmente, se
trasladaron atrás en el tiempo y se entremezclaron con las de mi
personaje, o, las de mi personaje conmigo. Al instante éramos solo uno en
perfecta simbiosis: El
Apóstol con el profano y viceversa.
Me
vi sumergido en un largo camino que, seguido sin vacilar, me condujo al
encuentro con el Maestro, un encuentro que en mi mente se tradujo en una
mezcla de incertidumbre y temor. ¿A quien vería Jesús? ¿Al Apóstol o
al usurpador?. El, de momento no me dio respuesta alguna, sólo durante la
subida al Calvario, comencé a sentir su soledad sobre mi rostro, la
soledad del que sabe que va a dar su vida por un pueblo que no lo
reconocerá. Sentí su angustia, la del que sabe que lleva detrás unos
discípulos que al final lo dejarán también solo, y ...... yo era uno de
ellos.
Puede intuir
como volvía su mirada por ver si todavía lo seguíamos, y estábamos
allí, a pesar de la humedad que sentía en esos momentos bajo mis
pies.
Sólo
entonces me di cuenta que estaba lloviendo con fuerza, el pelo se me
pegaba en la cara y la túnica se ceñía a mis piernas empapadas.
También vi, entre lágrimas, que los Apóstoles estábamos solos detrás
del Maestro a medio camino hacia el Calvario, como hacía veinte siglos, y
que llegados a esa meta, aún bajo el agua, Jesús nos sonrió levemente y
se despidió de nosotros mientras emprendíamos el camino de vuelta.
Entonces
lloré amargamente, porque me recorrió un escalofrío enorme al
dejarlo allí, inmerso en esa soledad antes presentida, y mis lágrimas
mezcladas con el agua que seguía cayendo, me hicieron deshacerme en parte
de mi aflicción por ese abandono, y ya de espaldas al Calvario; creí
sentir como el Terrible nos perdonaba a todos por lo que habíamos
hecho.
Sólo
cuando me quité la túnica mojada y comencé a secarme el cabello, me dí
cuenta que no estaba en Jerusalén, que no era el apóstol San Bartolomé,
ni que tan siguiera aquel recinto era el Cenáculo. Me hallé súbitamente
en Madre de Dios, 36 y SIMPLEMENTE : HABÍA
ESTRENADO APOSTOLADO |