¿Quien pudo, de esa manera |
llenar tu rostro de calma |
y de majestad tan señera? |
¡No fue un hombre, fue un alma |
la que esculpió tu madera! |
Y es que, Martinez Cerrillo, |
te talló con tanto anhelo |
y un cariño tan sencillo |
que dejo gubia y martillo |
y puso a Dios de modelo. |
Que ese rostro sin rencor, |
la fe y la piedad comparte |
con la expresión del dolor. |
¡Más que una obra de arte |
es un prodigio de Amor! |
Y al salir en procesión |
por tres clavos traspasados |
quiero alumbrar a tu lado |
para rogarte el perdón |
por tanto como he pecado. |
Quiero, como un desafio, |
mirando tu cuerpo inerte, |
¡Voluntad para quererte! |
y remediar mi extravio |
¡Cristo de la Buena Muerte! |