Las cosas de nuestro Pueblo |
difíciles de expliar |
a todo el que no comprenda |
nuestra forma de pensar |
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Nadie podría entender |
que nos llamemos hermanos |
Apóstoles y Profetas |
las Virtudes, los Romanos |
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Los hijos de la Amargura |
Virgen de la Soledad, |
los ataos y las potencias |
o el Señor de la Humildad |
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De cuarteles y tabernas |
salimos hacia el Calvario |
los sábados de Cuaresma |
por el mismo itinerario |
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La Meta es bien conocida |
¡ El Portico de Jesús ! |
que nos da la Bienvenida |
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Allí ya no existen clases |
políticas ni dineros |
sólo unas copas de vino |
y abrazo de mananteros. |
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En los Cultos no extrañara |
que te encontraras alli |
a un hombre que no cree en nada |
pero que en su Virgen si. |
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Yo he visto tras una esquina |
a un hombre rudo del pueblo |
con lágrimas en los ojos |
y la rodilla en el suelo. |
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Con hablar entrecortado |
al paso del Nazareno |
pidiéndole por su hijo |
que se lo pusiera bueno. |
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Los médicos no lo salvan |
tan sólo configo en el cielo |
y aunque no voy a la iglesia |
porque de rezos no entiendo |
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Te lo pido con el alma |
a ti, Jesús de mi pueblo |
Patrón de todos los pontanos |
¡ Padre mío, Nazareno ! |
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Hoy que es Domingo de Ramos |
yo os pediría como en misa |
que os dieraís la paz, hermanos. |
pero no con la sonrisa |
ni alargándose la mano, |
si no con un fuerte agrazo, |
lleno de cariño humano, |
y diciendo lo que sentís, |
¡ este es el pueblo pontano ! |